Yolanda López Oliver

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28012 Madrid


MANUAL IMPRESCINDIBLE DE REVIT DE ANAYA

ARQUIVIAJES: Kenya. Capítulo 2. Masai Mara

Querido John
Querido John

Jueves 4: Narok-Masai Mara

Aún no ha amanecido y ya estamos compartiendo ducha de agua templada en el vestuario femenino. Desmontamos y a Masai Mara.  En el camino nos detenemos en Ewaso Ngiro. Las construcciones son barracas de chapa metálica pintada en donde se anuncia a golpe de brocha la utilidad del cobertizo. Hemos encontrado un sitio para desayunar y en la penumbra intuimos la textura grasienta del café diluido y del té con leche dulzón y de las deliciosas “torrijas” a la africana (una suerte de pan frito rebozado en azúcar, al estilo de las manchegas). Supongo que somos de los pocos blancos que visitamos el sitio porque la expectación es brutal.  

Cuando llegamos a Sekenani Gate (pueblo-puerta del Masai Mara) y buscamos el lodge de la antigua expedición kenyata encontramos a John, 17 años de origen masai. Nos invita a alojarnos en Semadep Camp, aún en construcción, y relativamente cerca de la puerta de entrada al parque y  descartando nuestra primera intuición, accedemos a compartir camas y habitaciones en una carpa amplia, que riela  y no poco al viento, con baño incluido. La agrupación lineal de cabañas comparte vistas con los termiteros y se asoma desde lo alto de una colina al telón de fondo de la sabana y los poblados masai.

Ya en la entrada del Masai Mara. El acceso se produce a través de una construcción-puerta en continuidad con al único vial que permite el recorrido rodado del parque. No hay vallado: los animales, al contrario que los proscritos masais, transgreden con libertad el límite del parque, para nuestra inquietud, que controlan los rangers. Aunque estas tierras pertenecían antiguamente al pueblo masai, éstos tienen ahora vetado el paso y el contraste de las condiciones de vida del visitante y del lugareño es asombroso y, aunque no es comparable, parejo al contraste del color de sus ropas, aunque esta vez las masai ganan la partida. Nos contó John que vestían estas ropas tan brillantes para ser vistos por las fieras. El cuerpo delgado, el pelo rapado, el lóbulo de la oreja roto, dos bajas voluntarias en su dentadura inferior...  Nos hostigan con ristras de pulseras, collares, estatuillas de madera... tarea que parece propia del colectivo femenino, a la vez que se engalanan con su mercancía como sirviendo de modelo. A juzgar por su modo de vida, no parece que el pueblo masai obtenga muchos beneficios de las altas tarifas que se cobran a los visitantes mzungus por el acceso al parque.

El parque, el paisaje típico de sabana de acacias aisladas entre matorrales, cumple todas las expectativas en cuanto a fauna. Ñus, cebras, monos, elefantes, topis, antílopes de varios tipos, azor lagartijero… puf, cuanta emoción acumulada. Digerimos en el Keekorok Lodge, un alarde de riqueza constructiva de cerchas y pilares de madera forrados con caña, con verjas de acero y gusto africano, extraído de la propia naturaleza de los materiales que componen su paisaje, eso sí, exclusivo para el mzungu. El menú a la par de elitista, 18 euros por cabeza en un buffet combinado de comidas africanas, hindúes, ensaladas... y de proteínas sólo pollo. Eso sí, incluye postres y café.

La guinda, un pabellón anexo al que se accede por galerías de madera que sortean los árboles, en el que se puede observar al hipopótamo, mientras se baña, copula o toma el sol pausadamente al otro lado de la charca, ante la parsimonia del búfalo.

La cena en el Lodge masai de carne de cabra acompañada de arroz y de sobremesa Tuskers a la luz del fuego sazonadas con juegos y vivencias de terror. 

 

Viernes 5: Masai Mara

John nos acompaña a visitar el río Mara y presenciamos los restos de una de las miles de partidas de migración de ñus, desde el Serengeti de Tanzania al Masai Mara de Kenia.  Las aves carroñeras aún no han quedado satisfechas, a diferencia del cocodrilo, que toma el sol ya saciado. Los hipopótamos se bañan ajenos al espectáculo.

Aunque nosotras, con John masai de copiloto, nos dispersamos en conversaciones más ligeras, algunos coches siguen más atentos el avistamiento de animales, por lo que tenemos la suerte de encontrarnos a un león y una leona en su más íntimo acto sexual, impúdicos, sobreactuados en alguna ocasión  y quizá resignados a la observación del público.

Por la noche, cervecita en el poblado masai (similar expectación del lugareño) y tras el menú repetido, atendemos con la Tusker de rigor y al calor de la hoguera exterior y con gran entusiasmo, el relato de John sobre el proceso de nombramiento de guerrero o “moran” masai, según el cual, diez niños de 22 años se aíslan durante cuarenta días a la caza del león, conscientes del riesgo de vida o muerte por una parte o de expulsión y repudio de la comunidad por otra, al que se verán sometidos en el caso de no lograr el objetivo. Todo ello magnificado por los gestos y los silencios teatrales del emocionado traductor español.

 

Sábado 6: Masai Mara-Narok

Nos permitimos hoy el lujo de levantarnos tarde. Quedamos en volver al parque si nos avisaban del paso de los ñus a través del río Mara, pero no ha llegado la comunicación.  

Hoy hemos previsto la visita al poblado masai, pago previo de las correspondientes tasas.

Para empezar hemos presenciado en nuestro campamento el rito de la asfixia de la cabra. Algún  atrevido del grupo prueba a emular a los indígenas y beber su sangre.

La ceremonia finalizada, nos dirigimos camino abajo al poblado masai en donde nos reciben con tres danzas masculinas, entre ellas la del salto (ipid) por la que los hombres podrán escoger entre las mujeres en función de su distancia al suelo. Dentro del poblado nos explican la misión de las cercas de espino, de protección frente a la chita. Violando la intimidad del hogar, nos entrometemos en su choza de barro, cubierta también de barro mezclado con estiércol (manyatta) en la que 10 m2 sirven de cobijo para dos dormitorios, una sala de estar-cocina y la más amplia, la sala multiusos dotada de luz cenital, de recogimiento de ganadería, que a su vez hace las veces de sala de ablación del clítoris. Los hombres sufren la circuncisión en público, en el centro del patio que libera la disposición de las chozas. También las señoras nos conceden su propia danza y esta vez, a las mujeres, nos dejan participar.

Tras el banquete de cabra asada y cocida y la "sopa" más distinguible por su olor que por su sabor, nos esperan los primeros problemas con los coches. Los tres pinchazos en el coche Tai Tai nos retrasan la salida hasta las 17.00. En frente del taller, bailes de agradecimiento a la comunidad masai por su aportación económica a los niños que este año comienzan la universidad.

De nuevo volvemos a Narok, y dormimos en el Kim Dishes Guest House, en donde procede el primer exterminio de la araña kenyatta (tipo estrella de mar). La no intromisión en nuestra habitación queda garantizada a través de la sencilla solución de un cerrojo con candado protegido con caja de chapa.

Después de la cena, cerveza de barril en bar a las puertas de la Guest House en donde el ambiente y los asistentes están cargados de humo y de maría, presupongo, y el acoso de éstos precipita la hora de dormir.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Peggie Gaccione (domingo, 05 febrero 2017 01:47)


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